Bond: 50 años de una fórmula cinematográfica de éxito

El 6 de octubre de 1962 se estrenaba la primera película de la franquicia 007 y comenzaba la andadura de una de las sagas cinematográficas más rentables de la historia del cine. A lo largo de más de medio siglo, las aventuras de James Bond han generado a sus productores miles de millones de dólares

James Bond nació en los años 50 de la mano del escritor británico Ian Fleming. En la serie de novelas protagonizadas por el agente secreto más famoso ya estaban presentes los elementos carismáticos y que han convertido este producto en uno de los más rentables. El cóctel Bond, además del clásico Martini con vodka, es una mezcla elaborada de exotismo, erotismo y aventura con un baño de lujo constante.

El espectador de la saga va buscando historias de aventura donde el personaje debe afrontar una serie de arriesgadas misiones con el objetivo de salvar al mundo. La acción, las persecuciones y los tiroteos son algunos de los elementos siempre presentes en estas películas. No importa lo inverosímiles que puedan ser, ya que es un género en el que todo está permitido.

Pero la acción no es sino uno más de los diversos elementos. Las películas de 007 se mueven a caballo entre los géneros de acción y de espías sin pertenecer de forma pura a ninguno de los dos. Otro de los elementos definitorios y que contribuye a que el producto final sea único y genuino es que la saga ha aprovechado al máximo el componente del erotismo para atraer a sus espectadores. Desde Ursula Andress a Berenice Marlohe, pasando por actrices como Halle Berry. Y es que James Bond sin las chicas Bond no hubiese sido lo mismo.

La ambientación de las películas es otro de los rasgos definitorios de la saga. El agente 007 siempre viaja a los lugares más recónditos del planeta. Un atardecer en las playas de Cuba, escenas de surf frente a las costas de Corea del Norte o una cena a bordo del mítico Orient Express han sido algunos de sus momentos icónicos. El espectador busca en estas películas no solo lo dinámico de la acción, sino también el transportarse a lugares de ensueño. Tanto es así que las ciudades se rifan aparecer en la saga para conseguir publicidad. El balneario de Karlovy Vary en la República Checa, la mezquita de Santa Sofía en Estambu, o los casinos de Las Vegas han conseguido atraer a miles de fans de la saga que buscan replicar en sus vacaciones los momentos vividos por Bond en sus aventuras.

Cualquier película del agente con “licencia para matar” es un catálogo del lujo. Marcas de champán, relojes, coches y firmas de alta costura son distintivas del universo Bond. Antes incluso de que el “product placement” se convirtiese en una técnica publicitaria casi de rigor en la producción cinematográfica, los productores de la saga supieron aprovechar el éxito de la misma para que las principales empresas de bienes de lujo se prestasen a formar parte de la misma.

James Bond no es solo un icono del cine. Es un ejemplo perfecto de lo que es esta industria y, muy posiblemente, un paradigma de la sociedad occidental contemporánea. Surgido como personaje literario, su alcance global vino de la mano del cine y ha tenido que ir renovándose durante cinco décadas. Ha saltado a los videojuegos y ha sido utilizado por el gobierno británico para promover desde sus últimos Juegos Olímpicos a la imagen exterior del país. Y es que no hay persona en el mundo que no asocie el nombre de Bond con un mundo de aventuras y lujo que muchos están deseando vivir.